Se riegan.
Porque aquella tarde mi cuñado quiso convertir la historia de mi hijo en una broma cruel.
Pero doña Amalia hizo algo mucho más grande que defenderlo.
Le enseñó que no todo adulto que conoce una herida la usa para hacer daño.
Algunos se sientan al lado.
Algunos dibujan flores.
Algunos ayudan a crecer raíces donde antes solo había miedo.
Y desde entonces, cada vez que Lucas dibuja una casa, sigue haciendo la puerta enorme.
Pero ya no es porque tema quedarse fuera.
Es porque entendió algo que muchos adultos olvidan.
Una casa de verdad no se reconoce por sus paredes.
Se reconoce por la gente que, cuando ve una silla vacía, no se burla.
La llena de vida.