Porque era verdadera.
Y a veces la verdad, cuando viene con cariño, alcanza.
Antes de dormir, volvió a sacar su hoja del árbol familiar.
La había cambiado.
Arriba seguían las ramas.
Pero abajo, las raíces eran más grandes.
Había escrito mi nombre.
El suyo.
El de doña Amalia.
Y una frase en letras torcidas:
“Familia también es quien ayuda a que no te caigas.”
Pegamos ese dibujo junto al otro, en la nevera.
Ahora hay dos.
Uno con una silla vacía y una flor.
Otro con raíces largas.
Algunas mañanas Lucas todavía mira los dibujos mientras desayuna.
A veces toca la flor con un dedo.
A veces toca las raíces.
Y yo ya no intento borrar su miedo como si fuera una mancha fea.
He aprendido que algunas heridas no se borran.
Se acompañan.
Se rodean de cuidado.