Mi cuñado bajó la cabeza.
Por primera vez, no encontró ninguna frase graciosa.
Yo me puse de pie.
Tenía las manos temblando, pero hablé claro.
“En esta casa, la historia de Lucas no se usa para hacer bromas. Quien no pueda entender eso, se va.”
Y se fue.
Sin gritos.
Sin escena.
Solo con la vergüenza escrita en la cara.
Después, el patio ya no fue el mismo.
Fue más silencioso.
Pero también más verdadero.
Lucas puso a doña Amalia a su lado y le acercó un plato con pastel.
“Ahora tú también sales en el dibujo”, le dijo.
Ella sonrió, pero se limpió los ojos con la servilleta.
Esa noche pegué el dibujo de Lucas en la nevera.
Estábamos la casa, él, yo, doña Amalia junto a la verja y una silla vacía con una flor encima.