Uno de los hombres señaló los caballos afuera.
—Solo quedan dos.
Jacinta miró a su padre.
—¿Dónde está el tercero?
Ramona respondió antes que él.
—Lo vendió ayer.
Eusebio giró furioso.
—¡Ramona!
—¿Para qué voy a mentir? —replicó ella—. El dinero ya se fue.
—¿En la deuda? —preguntó Jacinta.
Ramona no contestó.
El silencio bastó.
Eusebio había vendido uno de los caballos recibidos de Baltasar, pero ni siquiera había usado todo el dinero para salvar la tienda.
Había intentado ganar tiempo, convencido de que después podría sacar más del supuesto tesoro de la montaña.
Los prestamistas comenzaron a entenderlo también.
Uno de ellos dejó de mirar a Baltasar.
Miró únicamente a Eusebio.
Y esa pequeña modificación cambió toda la habitación.
—Nos dijiste que Vega respondería por lo que faltara.
Eusebio tragó saliva.
—Dije que encontraríamos una solución.