Miró a Baltasar.
—Cuando me lo diste dijiste que podía decir que no y que la deuda seguiría pagada.
—Sí.
—¿Sigue siendo verdad?
—Sí.
—Aunque mi padre esté intentando obligarte a pagar otra cosa.
—Sí.
Jacinta volvió a ponerse el anillo.
Ese pequeño movimiento fue suficiente.
No lo llevaba porque la hubieran comprado.
Lo llevaba porque acababa de elegirlo por segunda vez, ahora sin sacerdote, sin espectadores riéndose y sin un padre negociando caballos a unos pasos de distancia.
—Entonces mi respuesta también sigue siendo la misma —dijo.
Baltasar no sonrió.
Solo asintió.
Eusebio perdió el control.
—¡Después de todo lo que hice por ti!
Jacinta lo enfrentó.
—Me entregaste por tres caballos, un terreno que ni siquiera conocías y oro suficiente para salvar tus cuentas.
Eusebio retrocedió como si las palabras fueran más ofensivas que el trato mismo.
—Era eso o perder la tienda.