—Y elegiste perderme a mí.
Ramona miró hacia otro lado.
Elisa dejó la taza sobre una repisa.
—Papá —dijo finalmente—, basta.
Eusebio giró hacia ella.
—Tú no te metas.
Pero Elisa ya había dado un paso.
—Yo estaba aquí cuando hablaste con esos hombres.
Jacinta la observó sin reconocer del todo a la muchacha que tantas veces se había burlado de ella.
Elisa tenía las manos temblorosas.
—Les dijiste que, si Baltasar podía pagar tanto por Jacinta, tendría diez veces más escondido.
Eusebio la miró con una mezcla de incredulidad y furia.
—¡Cállate!
—También dijiste que si el terreno no servía, ellos podían seguirlo hasta descubrir dónde sacaba el oro.
Ahí se completó la historia.
No había sido Baltasar quien atrajo a los hombres.
No había sido Jacinta.
Eusebio había convertido una suposición en promesa, y después había enviado a sus acreedores hacia la montaña para mantener viva esa mentira.