Ella se volvió.
Su hermana tenía los ojos húmedos, pero Jacinta no corrió a consolarla.
Elisa había participado demasiado tiempo en las humillaciones para que una sola frase borrara todo.
—Perdón —dijo.
Jacinta sostuvo su mirada.
—Empieza por no convertir a otra persona en lo que hicieron conmigo.
No hubo abrazo.
No hacía falta inventar uno.
Jacinta salió junto a Baltasar.
Detrás de ellos, las voces continuaron, pero esta vez ninguna decidió su destino.
Los dos caballos seguían atados frente a la tienda.
El tercero ya pertenecía a alguien más.
El terreno pedregoso seguía siendo pedregoso.
La deuda de Eusebio seguía siendo suya.
Y por primera vez, las consecuencias también.
El viaje de regreso fue más lento.
A mitad del camino, Baltasar desmontó cerca del arroyo para revisar una herradura floja.
Jacinta bajó también y se arrodilló junto al agua.