Entre las piedras vio un pequeño brillo amarillo.
Lo tomó pensando que sería mica.
Era una pepita diminuta.
Baltasar la observó en su palma.
—¿Eso es lo que buscaban?
—Eso y una historia más grande que eso.
Jacinta giró la pepita entre los dedos.
—Mi padre habría jurado que aquí abajo hay una montaña entera de oro.
—Tu padre necesitaba que la hubiera.
Jacinta se puso de pie y le entregó la pieza.
Baltasar cerró los dedos de ella sobre la pepita.
—La encontraste tú.
—Entonces la guardaré para comprar harina.
Baltasar soltó una risa baja.
—Una fortuna respetable.
Cuando llegaron a la casa, las huellas alrededor del establo comenzaban a borrarse con el viento.
Jacinta las vio desde la puerta.
Días antes le habían parecido una amenaza que demostraba que nunca podría escapar de su familia.
Ahora eran otra cosa.
La prueba de que alguien había llegado hasta allí buscando dominar una vida que ya no estaba disponible.