Eso terminó de aclararle algo que todavía le dolía admitir.
El hombre al que le había dado un riñón no estaba llamando para preguntarle si se encontraba bien después de una nefrectomía.
Estaba llamando para saber si podía culparla por una propiedad.
—Teresa me vio salir —dijo Ana.
—Teresa no sabe todo.
—Tú tampoco.
Víctor respiró con fuerza.
—Tenemos que hablar.
Ana miró el sobre de la clínica privada que había guardado desde diciembre.
—Sí. Pero no hoy.
Colgó.
Días después, un reporte preliminar sobre el incendio señaló una falla eléctrica en una zona de la vivienda como origen probable del fuego.
No apareció nada que respaldara la acusación que Víctor había empezado a insinuar.
Ana recibió la noticia sin satisfacción.
La casa seguía destruida.
Sus muebles seguían perdidos.
Parte de su vida estaba convertida en objetos que ya no podía recuperar.