Era una mujer fuerte, de carácter firme y mirada inteligente.
Había quedado viuda cuando Julián era pequeño.
Trabajó durante décadas administrando una tienda de telas para darle estudios a su hijo.
Desde el principio me trató con cariño.
—Rosa Elena, aquí no eres una extraña —me dijo el día de mi boda—. Desde hoy tengo una hija.
Y lo cumplió.
Cuando perdí a mi primer bebé, fue ella quien permaneció junto a mi cama.
Julián estaba respondiendo correos de trabajo en el pasillo del hospital.
Mercedes me sostuvo la mano durante toda la noche.
—Llora lo que necesites, hija. No tienes que ser fuerte todos los días.
Cuando los médicos me dijeron que sería difícil volver a embarazarme, ella me abrazó.
—Una mujer vale mucho más que su capacidad de tener hijos.
Nunca olvidé aquellas palabras.