Con los años, Mercedes comenzó a enfermarse.
Primero apareció la artritis.
Después problemas cardíacos.
Y finalmente una insuficiencia renal que la obligaba a recibir tratamientos frecuentes.
Julián pagaba algunas facturas.
Pero casi nunca la visitaba.
—Estoy ocupado, mamá.
—La próxima semana paso a verte.
—Rosa Elena puede llevarte al médico.
Y yo lo hacía.
La acompañaba a sus consultas.
Le preparaba comida.
Organizaba sus medicamentos.
La ayudaba a bañarse cuando sus manos ya no podían sostener una esponja.
Durante veinte años, Mercedes fue más madre para mí que suegra.
Por eso, cuando aquella madrugada comenzó a respirar con dificultad, no dudé en llamar a una ambulancia.
La acompañé hasta el hospital.
Los médicos hicieron todo lo posible.
Pero su corazón estaba demasiado débil.
Mientras permanecía acostada bajo las luces blancas de urgencias, marqué el número de Julián una y otra vez.