Diez llamadas.
Quince.
Veinte.
Veintiocho.
Veintinueve.
Treinta.
Ninguna respuesta.
—Lo siento mucho, mamá —le susurré—. No puedo localizarlo.
Mercedes abrió lentamente los ojos.
Sus dedos buscaron los míos.
Los apretó con una fuerza inesperada.
Después movió los labios.
Me acerqué.
—¿Qué pasa, mamá?
Su voz apenas era un susurro.
—Ya… no… llores…
Sentí que las lágrimas me quemaban las mejillas.
—No hables. Descansa.
Ella negó ligeramente con la cabeza.
Con mucho esfuerzo llevó una mano hacia el interior de su ropa.
Sacó un pequeño objeto y lo colocó en mi palma.
Era una llave de plata.
Pequeña.
Antigua.
Con una marca grabada en un extremo.
Mercedes cerró mis dedos alrededor de ella.
—Para… ti…
—¿Qué abre, mamá?
Sus labios se movieron una última vez.
—La… verdad…
Entonces el monitor cambió de ritmo.
Los médicos entraron rápidamente.
Una enfermera me pidió que me apartara.