La niña parecía realmente necesitar ayuda.
Pero recordé la advertencia.
No abrí.
—La policía viene en camino —respondí desde el pasillo—. Ellos van a ayudarte.
Hubo un silencio.
Después escuché otra vez la voz.
—Pero necesito entrar.
Apreté el teléfono contra mi oído.
—Está hablando desde la puerta —le dije al operador.
—No se acerque. Continúe donde está.
Los golpes se repitieron.
Esta vez fueron más fuertes.
Después escuché pasos.
Y una voz masculina.
—Señora, disculpe. Soy el tío de la niña.
Sentí que la sangre se me helaba.
El hombre continuó:
—La estamos buscando desde hace horas. ¿Puede abrirnos un momento?
Miré hacia la puerta.
No podía ver a nadie desde donde estaba.
—Ya llamé a la policía —respondí.
Hubo un silencio prolongado.
Después el hombre dijo:
—No hacía falta molestar a nadie. Es un problema familiar.