Llegó a una cita a ciegas con su bebé en brazos, y todos esperaban que aquel hombre se marchara...

La miré.

—En realidad, es la mejor cita que he tenido en muchos años.

Daniela pensó que bromeaba.

No lo hacía.

—¿Por qué?

—Porque nadie está fingiendo.

Miré a Sofía, que empezaba a cerrar los ojos.

—No estamos intentando impresionar al otro. No estamos hablando de viajes, restaurantes caros o cosas que supuestamente deberíamos encontrar interesantes. Estamos teniendo una conversación real.

Sofía terminó quedándose dormida.

Su pequeña mano seguía agarrando mi dedo.

Daniela bajó la voz.

—Nunca hace eso.

—¿Qué cosa?

—Dormirse con alguien que no sea yo.

Miré a la niña.

—Quizá está cansada.

—Quizá.

Daniela sonrió.

—O quizá se siente segura contigo.

Aquellas palabras me acompañaron durante días.

Cuando terminamos, Daniela tomó a Sofía con cuidado para no despertarla.

Salimos juntos.

Antes de despedirnos, se quedó frente a mí en la banqueta.

—Ricardo.

—¿Sí?

—Gracias por no marcharte.

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