—No es necesario.
—Ricardo…
—Sofía forma parte de tu vida. No veo ninguna razón para actuar como si no existiera.
Aquello fue el comienzo.
No puedo decir exactamente cuándo dejamos de ser dos desconocidos tomando café y empezamos a convertirnos en otra cosa.
Simplemente ocurrió.
Primero nos veíamos una vez por semana.
Después dos.
A veces salíamos.
Otras veces yo iba a su departamento con comida para que ella no tuviera que cocinar.
Daniela vivía en un edificio sencillo, en una zona donde por las tardes se escuchaban niños jugando y vendedores pasando por la calle.
Su departamento tenía dos habitaciones pequeñas.
La sala también servía de comedor.
Había juguetes de Sofía en prácticamente todos los rincones.
Yo, que estaba acostumbrado a espacios impecables donde cada objeto parecía colocado por un diseñador, empecé a preferir aquel pequeño departamento.