Había vida allí.
Ruido.
Ropa secándose.
Biberones.
Libros de enfermería guardados en una repisa.
Dibujos que Daniela había pintado años antes y nunca había terminado.
Y una niña que, cuando yo entraba por la puerta, movía brazos y piernas como si acabara de llegar la persona más emocionante del mundo.
Yo cargaba a Sofía mientras Daniela se duchaba.
La entretenía mientras ella lavaba ropa.
Aprendí a preparar su comida.
Aprendí qué canciones conseguían tranquilizarla.
Aprendí que había noches en las que una bebé podía despertarse cuatro veces sin ninguna razón aparente.
También aprendí algo sobre Daniela.
No necesitaba que alguien llegara a rescatarla.
Llevaba meses resolviendo sola problemas que yo probablemente nunca había tenido que enfrentar.
Lo que necesitaba era no cargar con todo cada minuto del día.
Unas ocho semanas después de nuestra primera cita, Daniela estaba especialmente callada.