La miré.
—Elena.
—No empieces.
—Le llevo veintiséis años.
—Entonces pueden tomar un café y descubrir que no tienen nada en común. No te estoy pidiendo que te cases con ella.
Eso me hizo reír.
Finalmente acepté.
Elena organizó el encuentro para el sábado, en una cafetería tranquila del centro.
Yo llegué quince minutos antes, como hacía con todo.
Pedí café y esperé.
A las dos en punto apareció Daniela.
Con Sofía.
Y ahora estaba frente a mí esperando que decidiera si aquella complicación inesperada era suficiente para marcharme.
Una versión más joven de mí probablemente lo habría hecho.
A los treinta o cuarenta años, habría pensado primero en la incomodidad.
En la mala organización.
En lo que otros podían pensar.
Pero a los 57 ya había perdido suficientes cosas importantes por colocar la comodidad por encima de las personas.