La niña agarró mi índice.
Su mano era tan pequeña que apenas podía rodearlo.
Pero apretó con fuerza.
—Vaya.
Daniela sonrió.
—Eso es buena señal.
—¿Sí?
—Normalmente tarda mucho en aceptar a desconocidos.
Moví ligeramente el dedo.
Sofía siguió el movimiento con la mirada.
Cuando llegó la comida comprendí otro problema.
Daniela intentaba comer mientras sostenía a su hija.
Tomaba un bocado.
Acomodaba a Sofía.
Recogía una cuchara.
Evitaba que la bebé tirara un vaso.
Volvía a tomar otro bocado.
La escena se repetía.
—¿Haces esto todos los días?
Daniela se rio.
—Prácticamente.
—Dámela.
Dejó de comer.
—¿Qué?
—A Sofía.
Me miró como si hubiera entendido mal.
—¿Quieres cargarla?
—Si tú estás de acuerdo.
—No tienes que hacerlo.
—Daniela, llevas diez minutos intentando comer tres cucharadas. Yo ya terminé casi la mitad de mi plato.