PARTE 1
El médico dejó el bolígrafo sobre la mesa, miró 2 veces la ecografía y preguntó con una seriedad que hizo que Isabel sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Está completamente segura de que le dijeron que no podía quedarse embarazada?
Isabel Martín, de 33 años, tardó varios segundos en responder. A su lado, Alejandro Vega, su marido de 48, permanecía inmóvil.
—Me dijeron que las posibilidades eran casi inexistentes.
El especialista giró la pantalla.
—Pues aquí hay 2 sacos gestacionales. Está de unas 8 semanas. Espera gemelos.
Isabel se tapó la boca.
Hacía exactamente 2 meses que se había casado con Alejandro, uno de los empresarios logísticos más conocidos de Madrid. Desde fuera, muchos habían pensado que una mujer de clase media se había casado con un hombre 15 años mayor por comodidad.
La realidad era mucho menos elegante.
3 años antes, después de varios tratamientos por un problema ovárico, Isabel había recibido un diagnóstico que convirtió la maternidad en una posibilidad remota. Su pareja de entonces aseguró que aquello no importaba. 6 meses después terminó dejándola porque su familia quería nietos.
Desde entonces, Isabel había aprendido a no imaginar cunas.
Conoció a Alejandro cuando trabajaba como contable para una empresa proveedora de su grupo empresarial. Él no presumía de dinero, conducía un coche viejo cuando no tenía reuniones y discutía durante 10 minutos antes de tirar unas zapatillas de casa de 8 €.
Tras 8 meses juntos, Alejandro le pidió matrimonio.
Isabel se negó 2 veces.
La tercera le contó su diagnóstico.
—Si quieres hijos, busca otra mujer.
Alejandro respondió sin dudar:
—Quiero una esposa, Isabel. No estoy contratando a la madre de mis herederos.
Aquella frase terminó derribando sus defensas.
Pero ahora, frente a aquella pantalla, Alejandro no parecía feliz. Parecía asustado.
Al salir de la consulta, Isabel quiso llamar a Carmen, la madre de Alejandro, una viuda de 72 años que vivía con ellos en Pozuelo.
Él le sujetó suavemente la muñeca.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Alejandro bajó la mirada hacia la ecografía.
—Porque antes tengo que contarte algo.
Isabel sintió un escalofrío.
Se sentaron al final del pasillo.
—Después de mi primer matrimonio me hicieron pruebas —confesó él—. Los médicos dijeron que mis posibilidades de tener hijos de forma natural también eran casi nulas.