—Sí. Y estuvo mal.
La respuesta fue incómoda, pero honesta.
Beatriz no pretendía convertir el pasado en algo hermoso.
—También yo me equivoqué ocultándolo. Alejandro se equivocó ignorando lo que pasaba. Todos actuamos con lo que sabíamos y todos callamos demasiado.
Alejandro acercó su silla.
—Yo debí estar allí.
—Sí —respondió Beatriz—. Pero no puedes regresar 11 años para hacerlo mejor.
Carmen comenzó a llorar.
Isabel, sentada al otro extremo del sofá, apoyó instintivamente una mano sobre su vientre.
Aquella casa estaba llena de personas que habían pasado años castigándose por cosas que ya no podían cambiar.
Entonces sintió un pequeño movimiento.
Después otro.
Sonrió.
—Creo que alguien quiere terminar esta reunión.
Los 3 la miraron.
—Se han movido.
La tensión se rompió de golpe.
Carmen se secó las lágrimas y se acercó, pero se detuvo antes de tocarle el vientre.
—¿Puedo?
Aquella simple pregunta emocionó a Isabel más que cualquier disculpa.
—Claro.
Desde ese día algo cambió.
No desaparecieron los errores, pero dejaron de esconderlos.
Y esa decisión fue puesta a prueba muy pronto.
En la semana 11, Isabel despertó y descubrió una pequeña mancha en el camisón.
El miedo regresó como un golpe.
Alejandro tardó menos de 5 minutos en meterla en el coche.
En urgencias encontraron un pequeño hematoma próximo a uno de los sacos gestacionales.
Los 2 corazones seguían latiendo.
El médico recomendó reposo y controles frecuentes.
Alejandro convirtió inmediatamente la planta baja de la casa en una especie de clínica privada.
Isabel tuvo que detenerlo cuando apareció con un aparato para medir la tensión, 4 almohadas especiales y una silla que costaba más que el primer coche de ella.
—Estoy embarazada, Alejandro. No soy una exposición médica.
Carmen intervino desde la cocina:
—Déjale. Si no compra cosas, se pone más nervioso.
—Tú tampoco ayudas.
La madre y el hijo se miraron.
Isabel entendió entonces que iba a tener que controlar a 3 personas: a los gemelos y a su marido.
Sin embargo, bajo aquellas situaciones casi cómicas existía un cambio verdadero.
Alejandro canceló viajes, delegó reuniones y empezó a hablar.
Cuando apareció un problema serio en su empresa relacionado con un terreno que Carmen había utilizado años atrás como garantía para ayudar a un familiar, su primera reacción fue intentar resolverlo solo.