Lucía fue a la oficina de su marido a tomar un café, sin imaginar que la nueva secretaria la abofetearía delante de todos, gritando: “¡Es mi marido!”. Pero esa bofetada fue solo el comienzo de una verdad mucho más oscura. Entre una firma falsificada, una carta de renuncia preparada a sus espaldas, una notaría en Madrid y una empresa que intentaban apoderarse, se reveló un plan secreto mucho mayor. Lucía tendría que elegir entre hundirse en la humillación o recuperar su honor, su dignidad y el control sobre todo lo que había construido a lo largo de los años.

Contrataron a Elena Pardo, directora de operaciones con experiencia fuera de la familia.

Algunos empleados parecieron sorprendidos.

Tomás preguntó:

—¿Entonces usted no llevará todo?

—Precisamente eso es lo que intento evitar.

La lección era sencilla.

Si una empresa depende completamente de una persona, la próxima crisis personal vuelve a convertirse en crisis empresarial.

Paula perdió su puesto después de la agresión y por su participación en uso no autorizado de información comercial.

Pero la salida no fue presentada como una ejecución moral.

Existían procedimientos laborales.

Ella tuvo oportunidad de responder.

Los hechos quedaron documentados.

También cooperó entregando comunicaciones relevantes.

Meses más tarde, cuando Lucía se enteró de que Paula trabajaba en un pequeño estudio de interiorismo de Alcalá, sintió primero indignación.

—¿Cómo puede alguien contratarla?

Marta preguntó:

—¿Necesita usted que no vuelva a trabajar nunca?

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