—Tienes que irte —le dijo Gustavo, a unos pasos de distancia.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Todavía la proteges?
No aguanté más.
—¿Desde cuándo te acuestas con mi esposo?
La mujer me miró y luego se echó a reír, incrédula.
—Dios mío. ¿Crees que soy su amante?
—Entonces, ¿por qué te conoce? ¿Por qué fuiste con él a la pastelería de mi hija?
—Este no es el momento —intentó Gustavo.
—No, Gustavo. Ya tuviste tiempo de sobra —respondió ella. Luego me miró—. Tu esposo y yo no tenemos ninguna aventura.
—¿Y por qué te conoce?
Ella buscó con la mirada a Valeria, que nos había seguido.
—Esa no es la pregunta que deberías hacerte.
—No lo hagas —dijo alguien detrás de mí.
Era Mateo, el novio. Y entonces el rostro de la desconocida cambió por completo.
—Mateo.
Lo que nadie me había contado