—¿La conoces? —le pregunté.
—Mi papá también —respondió él, apretando la mandíbula—. Ella es mi mamá.
Necesité un segundo para entender. Mateo había crecido con su padre, Hernán; su madre se había ido cuando él era niño. Durante años creyó que simplemente lo había abandonado. Con la boda cerca, empezó a preguntarse si ella sabía que se casaba, si le importaba, si se arrepentiría de no haber preguntado nunca por qué se fue.
Valeria lo animó a buscar respuestas. Como hablar de esto con su padre era imposible, aceptó que Gustavo lo ayudara a ubicarla. Mi esposo la encontró, organizó un primer encuentro y le prometió a Mateo que no se lo contaría a nadie.
—¿Y no pudiste decirme algo anoche? —le reclamé—. Me dejaste creer que tenías una amante.
—No supe cómo hacerlo sin romper mi promesa.