Pero faltaba algo.
Ricardo todavía no sabía que yo había descubierto todo.
Seguía enviándome mensajes desde su supuesta oficina en Suiza.
«Buenos días, princesa. Aquí hace muchísimo frío».
«Hoy tuve una reunión importantísima».
«Te extraño. No sabes cuánto deseo abrazarte».
Yo respondía con frases cortas.
«Cuídate mucho».
«Te amo».
«Espero que todo salga bien».
Cada mensaje me revolvía el estómago.
Hasta que una noche recibí una videollamada.
Ricardo aparecía sentado frente a una pared blanca.
Llevaba un suéter grueso.
—¡Mi amor! —exclamó—. Mira cómo ando vestido. Aquí estamos casi congelándonos.
Detrás de él escuché una voz femenina.
—Ricardo, ¿dónde dejaste mis vitaminas?
Su expresión cambió.
—Es la señora de la limpieza —dijo rápidamente.
Yo sonreí.
—Claro, amor.
—¿Todo bien en casa?
—Perfectamente.
—¿Y el dinero?