Apareció en la entrada de nuestra casa con una maleta y una expresión furiosa.
—¿Qué hiciste, Mariana?
Yo lo esperaba en la sala.
Gabriela estaba a mi lado.
—Hola, Ricardo.
Él miró a mi abogada.
—¿Qué significa esto?
—Significa que vamos a divorciarnos —respondí.
Ricardo soltó una carcajada nerviosa.
—No seas ridícula.
Puse sobre la mesa una fotografía de él abrazando a Valeria frente al departamento de Cancún.
Después, una copia del contrato de arrendamiento.
Y finalmente, una imagen de la grabación del estudio de mi padre.
Ricardo palideció.
—¿De dónde sacaste eso?
—De la verdad que llevas años escondiéndome.
Se dejó caer en un sillón.
—Mariana, puedo explicarlo.
—Entonces explícame por qué le robaste a mi papá.
—No fue así.
—Explícame por qué lo chantajeaste.
—Tu padre tampoco era un santo.
Aquella frase me hizo levantarme.
—No vuelvas a hablar de él de esa manera.