Cuando recibió la noticia preguntó:
—¿Esto lo ordenó Mariana?
Arturo respondió:
—La presidenta dio una sola instrucción: que usted fuera tratado exactamente igual que todos.
Diego no volvió a preguntar.
Entendió algo que quizá dolía más que una venganza.
Yo no había movido un dedo para destruirlo.
Él había llegado hasta allí solo.
Aquella noche regresó al departamento.
Abrió la puerta y, por costumbre, dijo:
—Ya llegué.
Solo respondió el silencio.
No había comida caliente.
No había café preparado para la mañana siguiente.
No había alguien preguntándole cómo había estado su día.
Durante nuestro matrimonio había convertido todas aquellas pequeñas cosas en obligaciones invisibles.
Ahora, sin ellas, empezó a entender su valor.
También Fernanda comenzó a alejarse.
No porque Diego hubiera perdido todo su dinero; seguía teniendo un buen empleo.
Pero había descubierto que le había contado una historia completamente distinta sobre mí.