Mi esposo se divorció de mí porque decía que mi salario de 18 mil pesos lo hacía quedar mal frente a sus socios: “Necesito una esposa de mi nivel”. Yo no discutí; firmé y me alejé del juzgado. Pero antes de que pudiera marcharme, su director general apareció, pasó de largo junto a él y se inclinó ante mí: “Presidenta, la reunión comienza en 40 minutos”… nadie de su familia sabía mi verdadero cargo.

El problema estaba en otra parte.

En seis meses, las solicitudes de traslado desde su departamento habían aumentado casi cuarenta por ciento.

Había correos, testimonios y minutas.

En una grabación se le escuchaba decir a un empleado:

—Si ganas poco es porque vales poco. Cuando tengas mi puesto puedes exigir respeto.

En otra reunión había humillado a una analista frente a todo el equipo.

—Hay cien personas afuera que harían tu trabajo por menos dinero.

También había autorizado gastos que excedían sus facultades. No hubo robo ni pérdidas, pero sí incumplimiento de controles internos.

Durante la reunión de evaluación, Arturo colocó la carpeta frente a él.

—Una posición de liderazgo no autoriza a humillar a nadie.

Diego intentó justificarse.

—Soy exigente.

—Exigir resultados y despreciar personas son cosas diferentes.

Esa misma tarde el comité resolvió retirarlo temporalmente de la subdirección y devolverlo a una posición sin personal a cargo mientras completaba una evaluación de liderazgo.

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