—¿Por qué no me lo dijiste cuando pedí el divorcio?
Lo miré por última vez.
—Porque si necesitabas saber cuánto dinero tenía para decidir si yo merecía ser tu esposa, entonces el matrimonio ya estaba terminado.
Subí al coche.
Durante el trayecto mi teléfono comenzó a vibrar.
Diego.
Una vez.
Dos.
Tres.
Lo bloqueé.
Arturo, sentado adelante, me preguntó:
—¿Desea que hagamos algo respecto a su situación laboral?
—Sí.
Se volvió hacia mí.
—Dígame.
—Absolutamente nada especial. Si merece conservar su puesto, que lo conserve. Si ha violado las políticas, que responda como cualquier otro.
Dos semanas después comenzó la evaluación trimestral.
Yo no participé directamente.
No quería que nadie pudiera decir que utilizaba el grupo para vengarme de mi exmarido.
El equipo de auditoría revisó resultados, gastos, clima laboral y cumplimiento de procedimientos.
Los números comerciales de Diego seguían siendo buenos.