No intentó huir.
Cuando le dijeron que Adrián había entregado voluntariamente los registros financieros a las autoridades, sonrió.
“Por fin la eligió a ella.”
Adrián me contó aquella frase esa misma noche.
“¿Y tú qué elegiste?”, pregunté.
Se quedó mirando la mesa.
“Lo que debí elegir desde el principio.”
No respondí.
Ya no quería promesas.
Quería hechos.
Y por primera vez, Adrián pareció entenderlo.
Entregó documentos que comprometían también a sus propias empresas.
Cerró sociedades utilizadas para operaciones ilegales.
Permitió auditorías independientes.
Renunció a una parte enorme del control que había pasado su vida defendiendo.
Algunos hombres de su entorno lo llamaron débil.
Otros dijeron que estaba destruyendo el apellido Montemayor.
Adrián no discutió con ellos.
Solo siguió adelante.
También modificó el fideicomiso de nuestro hijo.
Ningún miembro de la familia podría controlar el dinero por sí solo.