Amelia la derribó.
Él volvió a construirla.
Ella volvió a tirarla.
Adrián se echó a reír.
Pensé en el hombre que antes medía su vida por empresas, propiedades y personas que obedecían sus órdenes.
Ahora parecía completamente feliz reconstruyendo una torre que su hija destruiría 5 segundos después.
Aquella noche, después de acostarla, regresé a la cocina.
La misma cocina.
El mismo lugar donde Adrián me había pedido el divorcio.
El pastillero todavía existía, pero yo ya no lo llenaba.
Adrián había aprendido a cuidar de sí mismo.
Se acercó con una pequeña caja.
“No tienes que responder hoy.”
La abrió.
Dentro había un anillo sencillo de oro.
En el interior tenía grabadas 2 palabras:
Elegido libremente.
“No quiero volver a casarme contigo porque tenemos una hija”, dijo.
“Bien.”
“Ni porque creas que debes perdonarme.”