El camino pasaba junto al borde de la piscina.
Mauricio lanzó su silla hacia atrás.
—¡No me des la espalda cuando te estoy hablando!
—Mauricio, basta —gritó Andrés desde el asador.
Valeria siguió caminando.
Yo vi a mi hermano avanzar.
Vi su mano levantarse.
—¡Mauricio, no!
Su palma golpeó el hombro de Valeria.
No fue un roce.
No fue un intento de detenerla.
La empujó.
El pie de mi hija resbaló sobre la piedra mojada.
Su cuerpo giró.
Y entonces escuché el golpe.
Su cabeza chocó contra el borde de la piscina antes de caer al agua.
Durante un segundo nadie se movió.
Valeria se hundía.
Yo salté.
Ni siquiera recuerdo haberme quitado los zapatos.
Abrí los ojos bajo el agua y la vi descendiendo hacia el fondo, inmóvil, con el cabello flotando alrededor de su rostro.
La sujeté de la blusa y nadé hacia arriba.