—Escúchame bien. No hiciste nada malo. Tenías derecho a decir que no. Él es un hombre adulto y eligió reaccionar con violencia. Nada de esto es tu culpa.
Valeria cerró los ojos.
Yo apoyé mi frente contra la suya.
—Perdóname. Pasé años enseñándote con mi silencio que debíamos soportarlo para evitar problemas. Eso se acabó.
Tres días después regresamos a casa.
Valeria necesitaba oscuridad, silencio y descanso absoluto.
Habíamos apagado teléfonos, cerrado cortinas y convertido su habitación en un refugio.
Pero Mauricio comenzó a llamarme.
Primero suplicaba.
Después exigía.
Luego me culpaba.
Hasta que una tarde sonó el timbre.
Mi madre estaba en la puerta con una fuente de comida.
—Vine a ver a mi nieta.
—No puede recibir visitas.
Elena respiró hondo.
—Mauricio está esperando dentro del coche, al final de la calle. Quiere entrar a disculparse. Incluso le compró una tableta a Valeria.