Mi hija cumplía cinco años cuando tiré el regalo de mi suegra. Mi esposo me gritó delante de ella: “¡Sácalo ahora mismo!” Lo hizo él, abrió la caja y empezó a temblar al leer la nota escondida bajo el juguete destrozado. Yo sólo le dije: “Ahora revisa tus cuentas”. Unas horas después apareció una transferencia de 650 mil pesos… y una familia secreta.

Por primera vez.

Tomó la cajita rota, la nota y las llaves del coche.

—Voy a hablar con ella. Esto se acabó.

Salió furioso.

Yo debería haber sentido alivio.

En cambio, aquella frase seguía repitiéndose dentro de mi cabeza:

“Tú serás la siguiente.”

Llamé a mi mamá y le pedí que recogiera a Sofía del kinder. Después pedí un taxi y fui detrás de Mauricio.

Treinta minutos más tarde llegué a la enorme casa de Teresa.

La puerta principal estaba abierta.

No escuché gritos.

Eso fue lo que más miedo me dio.

Entré y encontré a Mauricio de rodillas en medio del recibidor, pálido, mirando el piso.

Teresa estaba frente a él con los brazos cruzados.

Y junto a ella había una mujer joven sosteniendo de la mano a un niño de unos cinco años.

—Llegaste, Daniela —dijo mi suegra con una sonrisa—. Perfecto. Así no tendremos que explicarlo dos veces.

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