Por primera vez.
Tomó la cajita rota, la nota y las llaves del coche.
—Voy a hablar con ella. Esto se acabó.
Salió furioso.
Yo debería haber sentido alivio.
En cambio, aquella frase seguía repitiéndose dentro de mi cabeza:
“Tú serás la siguiente.”
Llamé a mi mamá y le pedí que recogiera a Sofía del kinder. Después pedí un taxi y fui detrás de Mauricio.
Treinta minutos más tarde llegué a la enorme casa de Teresa.
La puerta principal estaba abierta.
No escuché gritos.
Eso fue lo que más miedo me dio.
Entré y encontré a Mauricio de rodillas en medio del recibidor, pálido, mirando el piso.
Teresa estaba frente a él con los brazos cruzados.
Y junto a ella había una mujer joven sosteniendo de la mano a un niño de unos cinco años.
—Llegaste, Daniela —dijo mi suegra con una sonrisa—. Perfecto. Así no tendremos que explicarlo dos veces.