Pero había una cosa que sí dependía de nosotras.
Cómo íbamos a vivir después de aquello.
Mi hija no quiso que cada conversación girara alrededor del médico.
Al principio me sorprendió.
Yo estaba llena de preguntas.
Ella estaba cansada de pertenecerle a esa escena.
—No quiero que él sea lo primero que recuerdes cuando me veas —me dijo.
Eso me detuvo.
Hasta ese momento yo había creído que protegerla significaba perseguir cada explicación sin descanso.
Ella me recordó que también significaba devolverle espacio para volver a ser una persona normal.
Así que aprendí a preguntar antes de hablar del tema.
Aprendí a no observarla cada segundo como si fuera a desaparecer.
Aprendí, con dificultad, a dejar que cerrara una puerta sin correr detrás.
Ella también aprendió cosas nuevas.
Durante un tiempo dejaba un vaso con agua cerca cada vez que iba a dormir.