Noah puso las manos en la cintura.
—Ustedes son lentos.
Incluso yo me reí.
Una semana después, Emma hizo su primer sonido.
No una palabra.
Un esfuerzo.
Yo estaba junto a la cama.
Solo.
Noah había ido a la escuela.
Había dejado de faltar tanto desde que supo que su secreto ya no dependía exclusivamente de él.
Eso era importante.
Yo no quería que tuviera siete años y creyera que mantener viva a su madre era su trabajo.
—Emma.
Sus ojos estaban abiertos.
Me miraba.
Por fin podía decir que me miraba.
No a través de mí.
A mí.
—Hola.
Sus labios se movieron.
Nada.
—No tienes que hablar.
Lo intentó otra vez.
Un sonido áspero.
Me acerqué.
—¿Qué?
Otra vez.
Dos sílabas.
—No… ah.
Mi corazón empezó a golpearme.
—¿Noah?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No…ah.