—Secreto.
Esperé.
—¿Le contaste algo a Noah antes del accidente?
Una presión.
No.
—¿Después?
Sí.
—¿Sobre el accidente?
Sí.
Mi corazón golpeó.
—¿Él sabe quién estaba contigo?
Emma cerró los ojos.
Dos veces.
No.
Respiré.
Bien.
Mi hijo no llevaba dos meses guardando el nombre de una persona que podía haber lastimado a su madre.
—Entonces ¿qué le decías?
Ella intentó.
—Papá…
Pausa.
—Miedo.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Yo?
Una presión.
Sí.
—¿Te daba miedo yo?
Dos rápidas.
No.
Casi me caí de alivio.
—¿Entonces qué?
Emma apretó los labios.
—Papá… miedo… aquí.
Se tocó el pecho.
Yo entendí.
No del todo.
Pero suficiente.
Ella le estaba diciendo a Noah algo sobre mi miedo.
—¿Le dijiste que yo tenía miedo de quedarme?
Una presión.
Sí.
Noah no había inventado aquella pregunta.
“Papá, ¿por qué te da miedo quedarte aquí con mamá?”