Una madrugada, pasadas las dos, lo encontré en la cocina con mi uniforme de repuesto extendido sobre la mesa. Lo había hecho ajustar a su talla en la sastrería del barrio y lo había planchado hasta no dejarle ni una arruga.
—No me digas que es lo que estoy pensando —le dije.
—Mamá, tengo que hacerlo.
—Van a ser crueles contigo. Te van a filmar.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué?
Miró el nombre bordado en el bolsillo y respondió en voz baja:
—Porque hice una promesa.
Su padre, con quien hablaba poco, se puso furioso y avisó que no iría a la ceremonia. El mejor amigo de Mateo dejó de contestarle los mensajes. Hasta el colegio llamó para sugerirle una forma «más apropiada» de rendir homenaje. Mateo agradeció con educación a cada uno. Y se puso el uniforme igual.
El pasillo central
Cuando dijeron su nombre, los murmullos se oyeron antes que los aplausos. Alguien detrás de mí comentó bien fuerte: «¿Qué le pasa a ese chico?». Algunos se rieron. Otros levantaron el celular. Mateo no miró a nadie. Estrechó la mano del director, recibió su diploma y se quedó un segundo ahí, de pie, con mi nombre bordado en el pecho, frente a casi seiscientas personas.