Al bajar del escenario no volvió con sus compañeros. Subió por el pasillo central, directo hacia mí, y se detuvo frente a mi asiento con los ojos llenos de lágrimas.
—Esto es para ti, mamá. Por todas esas noches.
De un bolsillo del uniforme sacó algo pequeño, envuelto en papel de seda, y lo puso en mis manos temblorosas.
Lo que había en el papel de seda
Lo desenvolví despacio. Adentro había un parche de tela con mi nombre, «Rosa», que él había descosido con cuidado del uniforme que yo creía perdido desde mi primer año en el colegio. Debajo, una hoja doblada: la carta de aceptación de la universidad, con beca completa para estudiar ingeniería. Y al pie, con su letra apretada, una sola línea: «La beca es mía. Pero el título es de las dos».