Después comenzó a llorar.
Me acerqué.
—¿Estás bien, mamá?
Ella sonrió entre lágrimas.
—Sí, hijo. Es que tu padre me prometió traerme aquí cuando éramos novios.
Miró hacia el horizonte.
—Y aunque tardó tantos años, cumplió su promesa.
Mis hermanos y yo nos quedamos a su lado.
Aquella tarde vimos el atardecer juntos.
Mamá llevaba una pequeña fotografía de papá dentro de su bolso.
La sacó y la sostuvo frente al mar.
—Mira, Gabriel —susurró—. Por fin llegamos.
Después besó la fotografía.
Y por primera vez desde su muerte, la vi sonreír sin tristeza.
Hoy mamá sigue viviendo en Puebla, cerca de nosotros.
Finalmente vendió la casa grande y se mudó a un departamento pequeño con muchas plantas y ventanas.
Sale a caminar todas las mañanas.
Visita a sus nietos.
Y cada domingo prepara la comida para toda la familia.