Marisela se metió. “Ay Leonor, no te pongas así. La familia se apoya.”
“La familia no se presupuesta en cero”, le contesté.
Jimena respiró hondo, como si yo fuera una niña berrinchuda. Y entonces lo dijo, con esa voz bajita y filosa del principio.
“Esta es mi casa, mis hijos y mi negocio, Leonor. Necesito que recuerdes quién manda aquí.”
La miré.
Asentí. “Tienes toda la razón.”
Porque la tenía. Era su casa. Sus hijos. Su negocio. Lo que significaba que la responsabilidad también era toda suya.
Esa tarde subí a mi cuarto. Saqué mi maleta del clóset. La abrí sobre la cama y empecé a doblar mis suéteres.
Abajo se escuchaban las voces. Emiliano: “¿Qué hace?” Jimena: “Déjala.”
No me iba por orgullo. Me iba porque por fin les había creído.
Si crees que me fui por coraje, espera a ver lo que pasó dos semanas después, cuando les llegaron las cuentas de lo que valía mi “ayuda”.