Mi suegra me abofeteó frente a los 2 ataúdes de mis gemelos y mi esposo me sujetó del brazo: “Cálmate, mi mamá está destrozada”. No respondí. Entonces mi hija de 4 años tiró de la manga del sacerdote y preguntó si podía contar un secreto. Cuando dijo “la abuela puso algo en los biberones”, recordé quién los había preparado aquella última noche.

—¿Y después?

—Cambió de tema.

Clara apretó el teléfono.

—¿Tienes pruebas de esa conversación?

Laura comenzó a llorar.

—Sí.

Clara cerró los ojos.

—Entonces no me las mandes a mí.

Laura guardó silencio.

—Entrégaselas directamente a la Fiscalía.

Parte 3

Laura no tenía una sospecha.

Tenía mensajes.

Y los mensajes tenían fecha.

Una semana antes de la muerte de Mateo y Nicolás, Beatriz le había preguntado si conocía algún medicamento que pudiera hacer que 2 bebés de 5 meses durmieran varias horas seguidas.

Laura le respondió que no les diera nada que no hubiera sido indicado por su pediatra.

Beatriz insistió.

Dijo que Clara era incapaz de controlar la casa.

Que Tomás llegaba agotado al trabajo.

Que los gemelos lloraban demasiado.

Laura volvió a decirle que no hiciera experimentos.

Después Beatriz dejó de responder.

—Pensé que solo estaba quejándose —le confesó Laura a Clara días después—. Siempre se queja de todo.

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