y algo que podía demostrar que Rogelio llevaba semanas mintiéndonos a todos.
Pero antes de que pudiera preguntarle qué significaba, alguien volvió a tocar la puerta.
Esta vez era el administrador del fraccionamiento.
Y no venía solo.
El administrador del fraccionamiento entró acompañado por una mujer que yo reconocí de inmediato.
Era la señora Patricia, presidenta del comité vecinal.
Rogelio dejó de gritar.
Y eso fue lo primero que me preocupó.
Porque cinco segundos antes estaba rojo de coraje, señalando a Mateo y exigiendo que le entregáramos la carpeta. Pero en cuanto vio a Patricia, bajó la mano.
—Buenas tardes, Arturo —dijo ella, mirándome—. Necesitamos hablar sobre la camioneta del señor Rogelio.
Luego miró la fotografía que Mateo había dejado sobre la mesa.
—Así que sí la tienen.
Volteé hacia mi hijo.
—Mateo, explícame qué está pasando.
Él tragó saliva.