Yo entendí.
Monóxido de carbono.
Invisible.
Sin olor.
Primero dolor de cabeza.
Después mareo.
Sueño.
Y finalmente nada.
Un hombre de 63 años con antecedentes cardíacos y una niña de siete años dormidos dentro de una casa cerrada.
A la mañana siguiente, Alejandro podía llamar fingiendo preocupación.
La policía encontraría botellas.
Medicamentos tirados.
Un falso registro de mi “deterioro”.
Y posiblemente dos personas inconscientes.
O muertas.
—¿Papá?
Sofía apareció detrás de nosotros abrazando su conejo de peluche.
Me arrodillé de inmediato.
—Todo está bien, corazón. Regresa a la cama.
Me miró.
Laura tenía exactamente esa manera de mirar cuando sabía que yo estaba ocultándole algo.
—¿Hay alguien en nuestra casa?
No pude mentirle del todo.
—Sí. Pero la policía ya viene.
Volvió al cuarto sin protestar.
Los siguientes seis minutos fueron los más largos de mi vida.
Finalmente aparecieron tres patrullas sin sirenas.
Los agentes rodearon mi casa.
Entraron por atrás.
Poco después sacaron a Alejandro esposado.
Después a Verónica.
El tercer hombre salió entre dos policías.
Cuando la luz de una patrulla iluminó su rostro, lo reconocí.
Mauricio Ortega.
Años atrás había trabajado como contratista de mantenimiento en la secundaria que yo dirigía. Yo había cancelado su contrato después de descubrir facturas falsas por trabajos que jamás realizó.
Y era técnico en sistemas de gas y calefacción.
Alejandro había buscado exactamente al hombre que necesitaba.
Alguien que supiera cómo convertir mi casa en una trampa.
Dos días después, la detective Mariana Ríos me citó.
Mauricio había cometido un error que terminó salvándonos.
Había llevado una pequeña grabadora digital.
No confiaba en Alejandro ni en Verónica y quería registrar la conversación por si intentaban negarse a pagarle los 320 mil pesos prometidos.
La detective reprodujo un fragmento.
Escuché la voz de Verónica.
—Mañana al mediodía hacemos la llamada de bienestar. Llegan, encuentran las botellas, sus medicamentos, el expediente… nosotros aparecemos preocupados y pedimos que nos entreguen a Sofía.
Después Alejandro preguntó:
—¿Y si el gas es demasiado?
Hubo unos segundos de silencio.
La respuesta de mi nuera fue fría.
—Entonces será demasiado. Tu papá tiene problemas del corazón. Puede parecer un accidente.