Sentí náuseas.
Pero la detective todavía no había terminado.
Cerró la grabadora y puso una carpeta frente a mí.
—Don Roberto, Mauricio también nos habló de una conversación que tuvo con su hijo meses atrás. Eso nos llevó a revisar otro asunto.
Vi en la portada el nombre de Laura.
—Necesito hablarle de la noche en que murió su hija.
Mi corazón empezó a golpearme tan fuerte que apenas podía escuchar.
—Usted nunca le mandó aquel mensaje.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Revisamos los registros telefónicos.
La detective deslizó una hoja hacia mí.
—No existe ningún mensaje suyo dirigido a Laura ese día.
Debajo había una lista.
Once llamadas.
Todas realizadas por Alejandro.
Todas durante las dos horas anteriores a la muerte de su hermana.
Entonces Mariana colocó sobre la mesa otro documento.
Una firma.
La firma de Laura.
Falsificada.
Y comprendí que la mentira que mi hijo había construido no había comenzado con Sofía.
Había empezado mucho antes de que mi hija muriera.
Y lo que la policía estaba a punto de revelarme sobre aquella última noche cambiaría para siempre todo lo que yo creía saber sobre mi propia familia.
PARTE 3
Durante dieciocho meses había despertado muchas noches cerca de las tres de la mañana con la misma pregunta golpeándome la cabeza:
“¿Qué necesitaba yo con tanta urgencia para hacer salir a Laura de casa?”
Había reconstruido aquella noche cientos de veces.
La lluvia.
El tránsito.
La llamada del hospital.
Alejandro parado frente a mí al día siguiente diciendo:
—Ella salió porque tú le escribiste, papá.
Y yo había aceptado aquella culpa.
No porque recordara haberle enviado el mensaje.
Sino porque cuando uno pierde a un hijo, deja de confiar hasta en sus propios recuerdos.
La detective Mariana señaló el documento sobre la mesa.
—Seis semanas antes del accidente, Laura descubrió que Alejandro había falsificado su firma para refinanciar una propiedad familiar.
La deuda era enorme.
Alejandro debía dinero a dos instituciones financieras y también a prestamistas particulares después de varios negocios fallidos que nadie de la familia conocía.
Laura había encontrado el contrato.
Había escrito el nombre de su hermano en el margen.
“Alejandro.”
Una sola palabra.
Pero era suficiente.
—Su hija consultó a un abogado —continuó Mariana—. Planeaba denunciar la falsificación y exigir que se corrigiera la operación.