Mientras masajeaba las piernas de mi cliente en su dormitorio de Marbella, varios cabellos quedaron en mis dedos y vi extrañas líneas blancas en sus uñas; su médico sonreía junto a una bolsa de suero mientras él apenas soportaba el ardor. Después escuché: «Solo necesitábamos tiempo: una enfermedad larga, nada escandaloso». Guardé una muestra y llamé a toxicología. Entonces encontré 2 tarros idénticos de crema. –

—Fue una exposición breve —intentó tranquilizarlo.

Adrián la miró.

—Eso no significa que vaya a jugar contigo.

Inés llegó poco después y organizó las pruebas y el tratamiento preventivo.

Afortunadamente, la exposición de Lucía había sido mínima.

Aquella noche tuvo náuseas, agotamiento y un miedo que ninguna estadística podía borrar.

Cuando abrió los ojos cerca de las 3:00, encontró a Adrián sentado en un sillón de su habitación.

—¿Qué haces aquí?

—Vigilar que sigas respirando tranquilamente.

Lucía sonrió débilmente.

—Tienes una casa llena de personal para eso.

—No quiero personal.

La respuesta la dejó en silencio.

Adrián miró sus manos.

—Cuando te encontré junto a la piscina mirando tus dedos… sentí más miedo que cuando me dijeron lo que tenía en la sangre.

No terminó la frase.

No hacía falta.

Lucía había pasado años escuchando que debía adelgazar, ocupar menos espacio, vestirse de manera que escondiera su cuerpo.

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