Mientras masajeaba las piernas de mi cliente en su dormitorio de Marbella, varios cabellos quedaron en mis dedos y vi extrañas líneas blancas en sus uñas; su médico sonreía junto a una bolsa de suero mientras él apenas soportaba el ardor. Después escuché: «Solo necesitábamos tiempo: una enfermedad larga, nada escandaloso». Guardé una muestra y llamé a toxicología. Entonces encontré 2 tarros idénticos de crema. –

—No toquéis esos recipientes.

Lucía miró sus manos.

—¿Qué has encontrado?

—Una concentración muy elevada de compuesto de talio mezclada en la crema.

Lucía sintió que las piernas perdían fuerza.

Horas antes, intentando tranquilizar a Claudia, había extendido una pequeña cantidad sobre uno de sus pies.

Sin guantes.

—Inés…

Hubo silencio al otro lado.

—Dime que no la has tocado.

El teléfono resbaló casi de sus dedos.

Adrián la encontró sentada junto a la piscina con las palmas abiertas frente a ella.

Cuando comprendió lo ocurrido, olvidó su propio dolor.

La llevó directamente a un lavabo, abrió el grifo y comenzó a ayudarla a lavarse las manos durante varios minutos.

—Más jabón.

—Adrián, tranquilízate.

—Más jabón, Lucía.

Ella nunca lo había visto así.

El empresario que durante años había negociado operaciones de cientos de millones parecía incapaz de controlar el temblor de sus propias manos.

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