Mientras masajeaba las piernas de mi cliente en su dormitorio de Marbella, varios cabellos quedaron en mis dedos y vi extrañas líneas blancas en sus uñas; su médico sonreía junto a una bolsa de suero mientras él apenas soportaba el ardor. Después escuché: «Solo necesitábamos tiempo: una enfermedad larga, nada escandaloso». Guardé una muestra y llamé a toxicología. Entonces encontré 2 tarros idénticos de crema. –

El asesor recibió una llamada y se alejó.

Julián observó a Lucía.

—Tú eres la terapeuta.

Ella fingió sorpresa.

—Sí, señor.

—La que encontró el problema de Adrián.

Lucía bajó la mirada.

—Solo vi algunos síntomas.

Julián sonrió.

—Una casualidad desafortunada.

Sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta y lo dejó sobre la mesa.

—Aquí hay suficiente dinero para empezar una vida lejos de Marbella.

Lucía no tocó el sobre.

—¿Por qué tendría que marcharme?

La sonrisa desapareció.

—Porque algunas familias sobreviven gracias a que los empleados saben cuándo dejar de hacer preguntas.

Lucía levantó lentamente la cabeza.

—¿También lo sabía Claudia?

Julián frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Que cada noche estaba utilizando la misma crema que Adrián.

Durante unos segundos solo se oyó el agua de la piscina.

Julián comprendió.

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