Se quitó los zapatos.
Lucía lo observó desde la terraza.
—¿Qué haces?
—Una prueba.
Puso un pie sobre la hierba.
Luego el otro.
Caminó varios metros.
No hizo ninguna mueca.
Lucía sonrió.
Adrián llegó hasta ella y extendió las manos.
—Hay algo que quiero enseñarte.
Días después la llevó a un pequeño edificio rehabilitado cerca de Málaga.
En la entrada todavía no había ningún nombre.
Dentro había salas luminosas, espacios de fisioterapia y una zona preparada para rehabilitación neuromuscular.
—Quiero invertir en tu clínica —explicó.
Lucía cruzó los brazos.
—¿Comprar mi cariño con ladrillos?
—No. Si pretendiera comprarte, ya habría aprendido que eres demasiado cara.
Ella soltó una carcajada.
Adrián se puso serio.
—Toda mi vida tuve personas diciendo que me protegían. Tú fuiste la primera que arriesgó algo por decirme una verdad incómoda.