Lucía comenzó por las pantorrillas.
Apenas había aplicado aceite cuando Adrián hizo una mueca.
Entonces ocurrió.
Varios cabellos de su pierna quedaron pegados a los dedos de Lucía.
No estaban arrancados.
Simplemente se habían desprendido.
Lucía repitió el movimiento en otra zona.
Más cabello.
Luego observó los pies.
Las uñas mostraban unas líneas blancas transversales demasiado regulares para ignorarlas.
Sintió un vuelco en el estómago.
Recordó una conversación con su padre.
Ardor intenso en las extremidades.
Pérdida anormal del cabello.
Alteraciones en las uñas.
No era un diagnóstico, pero la combinación resultaba demasiado inquietante.
Antes de que pudiera formular una pregunta, la puerta se abrió.
Entró el doctor Esteban Cifuentes, médico privado de los Valcárcel desde hacía casi 20 años.
Traía una bolsa de suero.
—Perfecto —dijo sonriendo—. Justo iba a administrarle las vitaminas.