Mientras masajeaba las piernas de mi cliente en su dormitorio de Marbella, varios cabellos quedaron en mis dedos y vi extrañas líneas blancas en sus uñas; su médico sonreía junto a una bolsa de suero mientras él apenas soportaba el ardor. Después escuché: «Solo necesitábamos tiempo: una enfermedad larga, nada escandaloso». Guardé una muestra y llamé a toxicología. Entonces encontré 2 tarros idénticos de crema. –

Pero su sonrisa desapareció durante una fracción de segundo al ver los cabellos sobre la palma de Lucía.

Ella lo notó.

Él también comprendió que lo había notado.

Lucía envolvió discretamente varios cabellos en una gasa.

—Necesito buscar otro aceite en el coche.

Cogió su bolso y salió.

Caminó primero.

Después aceleró.

Cuando llegó a la entrada principal, las enormes puertas metálicas comenzaron a cerrarse.

Un todoterreno negro apareció detrás de ella.

Tomás, responsable de seguridad de la familia, bajó del vehículo.

—Señorita Ferrer —dijo—. El señor Valcárcel quiere saber por qué está huyendo de su casa.

Lucía miró la gasa escondida en su mano.

Y comprendió que solo tenía 2 opciones: guardar silencio o acusar al médico más respetado de la Costa del Sol de estar relacionado con un posible envenenamiento.

PARTE 2

Tomás acompañó a Lucía hasta el despacho principal.

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